Hay decisiones que creemos racionales.
Elecciones que justificamos con argumentos, tiempos y circunstancias.
Pero no todas nacen del pensamiento.
Algunas nacen de algo que nunca se dijo.
En algún punto temprano se forma un núcleo silencioso.
No una idea clara.
No una frase formulada.
Una sensación persistente sobre la propia valía.
No se piensa.
Se siente.
Con el tiempo, ese núcleo puede traducirse en una pregunta que no se pronuncia,
pero que organiza la vida:
“¿Soy suficiente para ser amado?”
No aparece en voz alta.
No se formula conscientemente.
Pero se filtra en elecciones que parecen libres.
En lo que se tolera para no perder vínculo.
En lo que se evita para no quedar expuesto.
No por prudencia,
sino por una duda silenciosa sobre la propia valía.
No se actúa para responder la pregunta.
Se actúa desde ella.
Y cada decisión tomada desde ese lugar la reafirma.
No porque sea verdadera,
sino porque es conocida.
Así, lo familiar se confunde con lo seguro.
Y lo seguro con lo inevitable.
La pregunta sigue ahí, operando en silencio,
hasta que algo se detiene.
No para responderla.
No para corregirla.
Solo para verla.
A veces, pensar con claridad no consiste en entender más,
sino en reconocer cuándo algo está decidiendo por nosotros.
Y en ese reconocimiento,
por primera vez,
la decisión deja de ser automática.
Deja un comentario